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lunes, 5 de agosto de 2013

Los científicos que se escaparon de los nazis

Los científicos que se escaparon de los nazis

Gustav Born
Gustav Born vive en Londres. A sus 92 años todavía recuerda en detalle la historia de su partida de Alemania.

A la familia de Gustav Born se le sugirió a principios de 1933 que era tiempo de abandonar la Alemania controlada por los nazis.
El consejo provino de Albert Einstein, quien le dijo al padre de Gustav, su amigo físico y matemático Max Born, que "saliera de inmediato" con su familia cuando todavía había posibilidades de viajar.
Hicieron sus maletas y cruzaron la frontera, primero a Italia y luego a Inglaterra, donde llegaron acompañados de los que podrían considerarse los refugiados mejor calificados de la historia.
Gustav Born tenía 11 años en ese momento: vivía en Gottingen, Baja Sajonia. Allí, su padre Max era director de uno de los centros de investigación de física más importantes del mundo.
Los Born eran judíos y cuando Hitler tomó el poder, a Max y a sus colegas de la misma religión se les impidió trabajar en la universidad. En ese momento, este grupo pionero y elitesco de científicos teóricos se convirtieron en solicitantes de asilo.
Gustav Born ahora vive en Londres y pocos días antes de cumplir 92 años, recuerda con una gran lucidez el viaje de los académicos alemanes. Conversar con él es como trasladarse a la Mitteleuropa -el término alemán que hace referencia a Europa Central- de 1930.

La amenaza

Max Born
Max Born obtuvo la nacionalidad británica.
Born es ahora uno de los últimos eslabones de vida de estos refugiados académicos, que lograron ganar 16 premios Nobel. Su padre fue uno de ellos: Max Born recibió el premio por su trabajo en mecánica cuántica.
¿Cree que estos científicos se dieron cuenta de la magnitud de la amenaza de los nazis?
"Sí, creo que mi padre probablemente lo hizo. Entre sus colegas judíos, algunos se percataron, pero otros no lo tomaron en serio por un tiempo. La escala de lo que hacían los nazis se volvió evidente entre los primeros tres y seis meses".
Born recuerda que el antisemitismo se sentía incluso entre los niños y a algunos no les permitían jugar con él.
También hubo ejemplos positivos de la naturaleza humana, como aquellos académicos que permanecieron junto a sus colegas judíos. El ganador del premio Nobel Max von Laue, por ejemplo, demostró un gran apoyo, dice Born.
El físico Max Planck, por su parte, fue a ver a Hitler en persona para impugnar la exclusión de los científicos judíos, pero al líder nazi "le salió espuma por la boca y no lo dejó hablar más".
Aún así era difícil abandonar Alemania. Max Born tuvo que dejar de gestionar un instituto y su esposa tenía el corazón destrozado ante la posibilidad de emigrar.
"Ellos odiaban tener que huir de una manera tan cruda y peligrosa".

El valor de la libertad individual

Cuando los Born abandonaron Alemania, no tenían la ilusión de que se tratara de una salida temporal. La "nazificación" avanzaba rápidamente y ya había asesinatos políticos.
"Mis padres estaban bastante seguros de que se trataba de un viaje sin regreso".
Mientras los Born observaban las esvásticas que comenzaban a aparecer en Gottingen, el personal universitario en Reino Unido ya planificaba una respuesta humanitaria.
El economista William Beveridge había establecido el Consejo de Asistencia Académica, con el objetivo de rescatar a académicos judíos, así como también a todos aquellos que fueran políticamente vulnerables.
Esta organización ayudaría a 1.500 académicos a escapar de Alemania para continuar su trabajo de investigación en un ambiente seguro en Reino Unido.
La propuesta fue respaldada rápidamente por académicos como el biólogo J.B.S. Haldane, el economista John Maynard Keynes, el físico y químico Ernest Rutherford, el historiador G.M. Trevelyan y el poeta A.E. Housman.
Albert Einstein también apoyó este comité de escape con un discurso en el Albert Hall de Londres, en octubre de 1933.
Albert Einstein
Einstein también apoyó al comité de escape con un discurso en el Albert Hall 

de Londres, en octubre de 1933
El científico propuso defender los valores liberales occidentales de "tolerancia y justicia" e ir en contra de las "tentaciones del odio y la opresión", en un momento en el que se profundizaba el extremismo y la agitación económica y política.
Einstein dijo a la audiencia: "Cada avance del conocimiento y la invención se lo debemos a la libertad individual, una libertad sin la cual no vale la pena vivir".

La operación de rescate

El ayuntamiento puso en marcha su "operación de rescate" y organizó el viaje de los académicos a Reino Unido. Los apoyaron con becas, alojamiento y, lo más importante, ofreciéndoles trabajo.
Se trataba de un grupo muy talentoso que fue dejado de lado por los nazis. Además de los premios Nobel, 18 académicos del grupo obtuvieron títulos de caballeros años después y más de 100 se convirtieron en becarios de la Real Sociedad de Londres y la Academia Británica.

Generación especial

Ganadores del premio Nobel: profesor H.A. Bethe, prof. M. Born, Sir Ernst Chain, prof. M. Delbruck, prof. D. Gabor, doctor G. Herzberg, prof. J. Heyrovsky, Sir Bernard Katz, Sir Hans Krebs, doctor F. Lipmann, prof. O. Loewi, prof. S. Luria, prof. S. Ochoa, doctor M. Perutz, prof. J. Polanyi, prof. E. Segre.
Caballeros: Sir Walter Bodmer, Sir John Burgh, Sir Ernst Chain, Sir Hermann Bondi, Sir Geoffrey Elton, Sir Ernest Gombrich, Sir Ludwig Guttman, Sir Peter Hirsch, Sir Otto Kahn-Freund, Sir Bernard Katz, Sir Hans Kornberg, Sir Hans Krebs, Sir Claus Moser, Sir Rudolf Peierls, Sir Nikolaus Pevsner, Sir Karl Popper, Sir Francis Simon.
De acuerdo a la Asociación de Refugiados Judíos hubo alrededor de 70.000 refugiados de esa religión que llegaron a Reino Unido antes de que estallara la guerra en 1939.
Max Born y su familia fueron primero a Cambridge y luego a la Universidad de Edimburgo. Pagó los costos escribiendo un libro de texto de ciencia que se convirtió en un estándar educativo en las escuelas.
Hubo otros que se trasladaron a Estados Unidos. El matemático Richard Courant, por ejemplo, se fue a Nueva York. Allí, uno de los centros más importantes de matemáticas aplicadas del mundo -el Instituto Courant de Ciencias Matemáticas- lleva su nombre.
Perder esas potencias intelectuales fue una herida autoinfligida por la guerra nazi.
Los refugiados alemanes jugaron un papel clave en asegurar que, en lo referente a las armas atómicas, Estados Unidos estuviera a la vanguardia.
A pesar de que Max Born se negó a trabajar en la investigación de armas atómicas por razones morales, Robert Oppenheimer, el "padre de la bomba atómica" nacido en Estados Unidos, fue alumno de Born durante el doctorado que realizó en Gottingen.
En un momento, hubo señales que los nazis se habían dado cuenta de su error.
En 1934, Max Born y su familia recibieron la visita de Werner Heisenberg en Cambridge, otro ganador del premio Nobel y antiguo colega que había seguido trabajando en Gottingen.
Heisenberg trajo un mensaje del gobierno nazi, que invitaba a Max Born a que volviera a Alemania para continuar con su trabajo científico. La invitación dejó a Born "molesto y fuera de sí", recuerda su hijo.

El regreso

Eventualmente Max Born y su esposa volvieron a Alemania, cuando la guerra ya había terminado y él se había retirado. Allí murió en 1970 y fue enterrado en el mismo cementerio de Gottingen que los físicos Max Planck y Max von Laue.
Gustav Born, que se convirtió en un profesor de farmacología en el Kings College de Londres, asegura que sus padres se habían comprometido a tratar de reconstruir Alemania de una forma que impidiera el retorno del extremismo político.
¿Qué lecciones se deben aprender de todo esto?
Gustav Born sigue siendo un firme partidario de la campaña que se realizó para rescatar a los académicos, que ahora celebra su 80 aniversario.
De allí nació el Consejo de Asistencia a Refugiados Académicos (CARA, por sus siglas en inglés) y su presidenta actual, Anne Lonsdale, dice que después de 80 años a la organización "le encantaría estar sin trabajo", pero los problemas en Zimbabwe, Irán, Irak y Siria han provocado que los académicos sigan necesitando ayuda en esos lugares, donde "la sociedad civil ya no funciona".
Hay una "necesidad urgente de que los estudiosos de todo Medio Oriente puedan exiliarse en un lugar seguro", aseguró.
Las historias de los refugiados de los nazis, con fotos de caras con arrugas que parecen mapas ferroviarios antiguos de Europa, parecen salidas de un mundo perdido.
Refugiados
Refugiados sirios en Jornania.
Sin embargo, Gustav Born cree que el trabajo de CARA demuestra que esos asuntos siguen siendo relevantes, ahora más que nunca. Según él, la labor también recuerda que no se deben hacer juicios apresurados sobre los refugiados y lo que podrían ser capaces de lograr.
Sus descripciones de ese mundo académico de la década de 1930 dejan entrever una sociedad altamente culta. Su padre, recordado por su investigación científica, tocaba a Bach en el piano todos los días. Eran internacionalistas cuyas ideas e investigaciones superaron las fronteras nacionales y políticas.
Pero no pudieron hacerle frente a los nazis. Y, según Gustav Born, la gente a menudo pasa por alto que Alemania todavía era un país joven en la década de los 30, que tenía poco más de 60 años de unificado y que no había construido instituciones capaces de resistir sus propias tendencias "militaristas y nacionalistas".
Él está consciente de que es una de las pocas personas vivas que pueden hablar, de primera mano, sobre ese legado.
"La tristeza casi acaba conmigo. No quiero que se olviden estas cosas: la supresión de un país llevada a cabo por una banda de ladrones asesinos, que victimizó a personas de buena naturaleza y buena intención, y que ello podría volver a ocurrir".

jueves, 27 de septiembre de 2012

Estatua budista con la esvástica fue esculpida en un meteorito hace 1.000 años

Estatua budista con la esvástica fue esculpida en un meteorito hace 1.000 años

Geólogos alemanes descubren que el material de una escultura sustraída por una expedición de las SS en el Tíbet es extraterrestre
Budismo, Tíbet, Nazis
La imagen esculpida en un trozo del meteorito Chinga. (Captura: Agencia Materia)
 
 

El lunes se supo que el director de cine Steven Spielberg está a la espera de un guión de George Lucas para comenzar con el rodaje de Indiana Jones 5. Y el guión acaba de aparecer, pero ni es de Lucas ni es ficción. Lo ha escrito el geólogo alemán Elmar Buchner y es una historia tan real que se ha publicado hoy en la revista Meteoritics and Planetary Science.

Esta es la sinopsis: tras un viaje de milenios por el espacio, un meteorito de unos 210 kilogramos de hierro cayó hace unos 15.000 años en lo que hoy es la frontera entre Mongolia y Siberia. En el siglo XI de nuestra era, miembros de la cultura Bön, una tradición chamánica tibetana, encontraron uno de los fragmentos y tallaron una deidad budista, Vaisravana, con la tradicional esvástica en el pecho. Y otro milenio después, en 1938, una expedición nazi apoyada por el comandante en jefe de las SS, Heinrich Himmler, se hizo con la escultura y la llevó hasta Múnich, tras un viaje por el Tibet en busca de los orígenes de la raza aria.

EL METEORITO CHINGA
 
La escultura ha estado escondida entre cuatro paredes desde que aterrizó en Alemania , formando parte de una colección privada. El equipo de Buchner, de la Universidad de Stuttgart, sólo pudo ponerle la mano encima en 2007, cuando salió a subasta. Ahora, el análisis de los 10,6 kilogramos de la estatua, conocida como El hombre de hierro, muestra una estructura de hierro, cobalto y níquel, y trazas de cromo, galio y germanio.

Para los geólogos, estos datos, junto a otras propiedades químicas, constituyen una firma casi inequívoca: la del meteorito Chinga, algunos de cuyos supuestos pedazos están a la venta en varias páginas de Internet. “Sin embargo, los detalles históricos y etnológicos de El hombre de hierro, además de la fecha exacta en la que se esculpió, son más especulativas”, admiten los autores en el estudio.

MENSAJES DIVINOS
 
La caída de meteoritos se ha interpretado desde tiempos inmemoriales como mensajes divinos. Buchner y los suyos recuerdan aves talladas en fragmentos de meteoritos, y también joyas y cuchillos elaborados con pedazos de meteoritos por los aborígenes australianos y la cultura Inuit, en las regiones árticas de América y Groenlandia. En India, el emperador Jahangir describió cómo un meteorito cayó en su reino en abril de 1621. Y con su metal mandó fabricar una daga, que cortaba “muy bien, como la mejor de las espadas”, según relata el Museo de Arte Asiático del Instituto Smithsonian.

Incluso la Kaaba en la Gran Mezquita de La Meca (Arabia Saudí), el lugar de peregrinación religiosa más importante para los musulmanes, contiene en una de sus esquinas la Piedra Negra, considerada un resto de un meteorito por algunos expertos.

VALOR INCALCULABLE
 
En el caso de la cultura Bön, los geólogos alemanes creen que la dureza del meteorito de hierro, totalmente inapropiado para ser tallado, obliga a pensar que los escultores sabían que se trataba de un material muy especial.

“La estatua de El hombre de hierro es el único ejemplo conocido de una figura humana tallada en un meteorito, así que no tenemos nada con qué compararlo para calcular su valor”, ha declarado Buchner en un comunicado. “Por su origen, podemos hablar de 20.000 dólares, pero si nuestra estimación de edad es correcta y está cerca de tener mil años de antigüedad, su valor puede ser incalculable”.

martes, 14 de julio de 2009

Piojos, el arma de Weigl contra los nazis

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Rudolf Stefan Weigl (1883-1957) nació en Moravia (actual República Checa pero por aquel entonces perteneciente al imperio austro-húngaro) en el seno de una familia germanófona. A la muerte de su padre se traslada a Polonia, país en el que se educa, se gradúa en biología y se casa. Weigl, al que se considera un gran patriota polaco, lo fue como vemos por propia elección. Pero este hombre no solo destacó como científico, su ingenio y unos pequeños “aliados” le han hecho entrar en la historia como benefactor de la humanidad.

Pero vayamos por partes. Cuando se aproximaba la Segunda Guerra Mundial. Weigl se especializó en parasitología (no confundir con esa pseudociencia llamada parapsicología). Trabajando en los laboratorios del ejército polaco se interesó por el tifus, enfermedad que en aquel momento se extendía por Europa del este. Téngase en cuenta que el tifus mataba por aquel entonces a miles de personas. Se dice que Napoleón fue derrotado en su campaña rusa por el invierno y el tifus. Solo en la ciudad de Vilna (Lituania) hay 30.000 franceses enterrados que fallecieron por la acción de las Rickettsias.

Weigl sabía que el vector del contagio del tifus eran los piojos, pero en aquel tiempo no había forma de cultivar el agente infeccioso del tifus: la bacteria Ricketsia prowazekii. Se sabía que estas bacterias se propagaban en los intestinos de los piojos, por lo que Weigl se decidió a experimentar con estos pequeños insectos con la intención de propagar de forma controlada a las bacterias responsables del tifus y de este modo contar con material suficiente como para estudiar a la Ricketsia y tratar de desarrollar una vacuna.

Pero para ello, antes había que infectar los intestinos de los piojos con esta bacteria. Una de las formas era hacer que los piojos picasen a alguien ya infectado, lo cual era un método poco práctico por peligroso e irreproducible, puesto que el tifus era mortal. Como Weigl no podía hacer que los piojos absorbieran el agente patógeno por sus bocas (ni había forma que los insectos se contagiaran entre si), decidió “atacar por la retaguardia”. En efecto, las “manos mágicas” del parasitólogo lograron – gracias a agujas de jeringuilla tan finas como un capilar – inyectar una suspensión de Ricketsias por el ano de los piojos. ¡A eso lo llamo yo tener buen pulso!

Uno de los mayores logros de Weigl fue precisamente el empleo de piojos como “granjas de bacterias”. Además, el polaco logró criar una cepa de piojos especial llamada Pediculus vestimenti, que era fácil de alimentar. Esta cepa fue el resultado del cruce de especies de piojos caucásicas y africanas.


Para alimentar a los piojos, Weigl les construía una especie de armazón de madera en cuyo interior inmovilizaba a los diminutos insectos. Dichos armazones contaban con pequeños agujeritos por las que los piojos asomaban la cabeza (más fina que el abdomen). Cuando llegaba el momento de alimentar a los piojos para que siguieran fabricando bacterias, Weigl unía con correas varias de esas cajitas y las colocaba sobre las pantorrillas - si eran hombres - o muslos - si eran mujeres - de algún humano “alimentador” (véase foto). La actividad no podía durar más de 45 minutos, ya que la glotonería de los piojos podía hacerles estallar literalmente.

Seguro que estáis pensando que esto podía provocar el contagio del tifus, pero ¡tranquilos! Los humanos no se contagian por la picadura del piojo. Son las heces que deja sobre la piel las que rebosan de Ricketsias. Cuando el humano se rasca las picaduras, extiende las heces por la herida, lo cual facilita el acceso de las bacterias al interior del cuerpo.

Weigl se cuidaba muy mucho de que las heces de piojo quedaran atrapadas en el receptáculo de madera, y además desinfectaba las picaduras con alcohol y cloruro de mercurio.

Más tarde se diseccionaban los intestinos de los piojos infectados y se mezclaba su contenido en una solución de fenol. Tras filtrar los residuos sólidos en un giroscopio, se volvía a suspender el resultado en fenol y ya teníamos la vacuna. La cual se suministraba en 3 dosis, cada cual más concentrada que la anterior.

La vacuna de Weigl salvó miles de vidas y le hizo una celebridad mundial. Pero sucedió que en 1941 los nazis ocuparon la ciudad de Lwow, sede del famoso Instituto Weigl para el Tifus. Y sucedió que la fama de aquella institución la convirtió en un refugio seguro. Muchos de los profesores de la Universidad Jan Kazimierz de Lwow eran judíos por lo que la Gestapo se apresuró a deportarlos. Y ahí es donde el ingenio del profesor Weigl se puso a funcionar.

Dado que los nazis tenían pánico al tifus, Weigl contrató a cuantos profesores pudo como “alimentadores de piojos”. Muchos de ellos, matemáticos, se las arreglaron para organizar una resistencia intelectual, ofreciendo clase en las instalaciones del Instituto Weigl. Tenían tiempo de sobra, pues su “nutritiva” actividad solo les llevaba una hora al día. ¡Tenía que ser de lo más curioso ver a aquellas mentes preclaras discutiendo sobre teoremas mientras los piojos daban buena cuenta de sus muslos y pantorrillas!

Al finalizar la guerra, los soviéticos se anexionaron Polonia y Stalin realizó la limpieza étnica que Hitler no había podido ultimar. Fue una final triste para el Instituto Weigl, pero muchos de los que pudieron salvar la vida gracias al brillante biólogo lograron huir a occidente, o recuperar sus puestos en las universidades polacas.

Weigl hizo acopio de múltiples honores académicos pero nunca recibió el Premio Nobel de medicina, algo a todas luces injusto. De hecho, probablemente también se habría merecido el de la paz.

En el año 2003, Yad Vashem de Israel concedió de forma póstuma al Profesor Rudolf Weigl el título de Justo entre las Naciones. El mismo honor que también recibió otro nativo de Moravia, el industrial Oskar Schindler.


tomado de maikelnai.es